Independientemente de toda la maquinaria publicitaria que una editorial poderosa pone a funcionar para promover un libro y a su autor (en algunos casos la totalidad de una obra), hay casos como el del escritor español Carlos Ruiz Zafón (Barcelona, 1964), donde ese mecanismo de mercadeo es algo así como un apoyo extra. Quien lea a Ruiz Zafón queda prendado de una prosa deliciosa, y de unas historias impecablemente escritas e inolvidables. Sin duda alguna este escritor es uno de los más sólidos narradores en lengua castellana en estos momentos.
El prisionero del cielo (Planeta, 2011), es una de esas novelas fascinantes. El día que la compré, tenía una cita con un amigo en una cafetería. Mientras aguardaba comencé a leer: “Aquel año a la Navidad le dio por amanecer todos los días de plomo y escarcha. Una penumbra azulada teñía la ciudad, y la gente pasaba de largo abrigada hasta las orejas y dibujando con el aliento trazos de vapor en el frío. Eran pocos los que en aquellos días se detenían a contemplar el escaparate de Sempere e Hijos y menos todavía quienes se aventuraban a entrar y preguntar por aquel libro perdido que les había estado esperando toda la vida y cuya venta, poesía al margen, hubiera contribuido a remendar las precarias finanzas de la librería”. Ese párrafo inicial hacía la función de motor impulsor, reunía un caudal de situaciones y la esencia de la novela.
En el libro de 379 páginas, los Sempere, tratan de mantener abierta la librería familiar. Trascurre el último mes de 1957, la efervescencia navideña, pero también una difícil situación económica. El protagonista de esta historia es Daniel Sempere, que lucha junto a su padre para mantener la librería a flote. Las otras figuras claves en la
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